Francisco Chávez / Por fin viernes

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Cuando las encuestas dejaron de escuchar

Cada vez que se publica una nueva encuesta rumbo a los próximos procesos electorales ocurre lo mismo: se comparte, se comenta… y se rechaza.
No porque la gente no quiera saber quién va arriba, sino porque cada vez menos personas se sienten representadas en lo que esas encuestas muestran.

Basta con revisar los comentarios. Más allá de los números, lo que domina es el hartazgo: “los mismos de siempre”, “otra vez esos nombres”, “ya decidieron por nosotros”. La conversación pública ya no gira alrededor de las preferencias, sino alrededor de la desconfianza.

Y ahí está el punto central: las encuestas tradicionales dejaron de escuchar a la sociedad civil.

Es natural que se presenten los nombres más populares o conocidos, no pretendo satanizar a nadie. Solo cuestiono. ¿Y los otros? Cuando se hace un ejercicio reflexivo respecto a los nombres, figuras y posiciones en juegos, nos damos cuenta que recientemente parece pesar más ser un outsider que una figura política tradicional.

Durante años, estos ejercicios funcionaron como termómetro político. Hoy, para una buena parte de la población, se perciben más como un instrumento de repetición que como una fotografía real del ánimo social. No necesariamente porque estén “mal hechas”, sino porque miden siempre lo mismo.

El problema no es la encuesta.
El problema es el menú.

En la mayoría de los casos, las preguntas parten de una premisa agotada: elegir entre nombres ya conocidos, ya vistos, ya evaluados. Perfiles que han pasado por cargos, partidos o escándalos; figuras que representan continuidad cuando lo que se respira en la calle es ruptura.

Por eso, cuando se bombardea a la ciudadanía con encuestas una tras otra —especialmente fuera de tiempos formales—, el efecto es contrario al esperado. En lugar de informar, saturan. En lugar de generar conversación, provocan rechazo. La gente no siente que le estén preguntando qué quiere, sino que le están diciendo qué debe aceptar.

Y ese rechazo no es menor. Es una señal.

La sociedad civil ha cambiado más rápido que la política. Las nuevas generaciones consumen información distinta, participan de otras formas y cuestionan con mayor dureza. No se conforman con elegir entre opciones que no los representan, ni con narrativas prefabricadas que parecen diseñadas más para influir que para comprender.

En este contexto, el crecimiento del desinterés, el abstencionismo emocional y la crítica constante no son casualidad. Son la consecuencia de un sistema que sigue leyendo el presente con lentes del pasado.

Ahí es donde aparecen “los otros”.

No como una moda ni como una apuesta romántica, sino como una reacción lógica. Perfiles fuera del radar tradicional, voces que no encabezan encuestas pero sí conversaciones, actores sociales que no aparecen en los números, pero sí en el ánimo colectivo.

Mientras las encuestas siguen preguntando por los mismos nombres, la sociedad empieza a preguntarse por qué no hay otros. Y esa pregunta, aunque hoy no se refleje en porcentajes, mañana puede convertirse en una fuerza política real.

Los próximos procesos electorales se van a jugar en dos terrenos: el de las cifras y el del hartazgo. Quien no entienda el segundo, puede ganar encuestas… y perder legitimidad.

Tal vez el verdadero error no sea que la gente ya no crea en las encuestas.
Tal vez el error es que las encuestas dejaron de creer en la gente.

Y cuando eso pasa, los números dejan de explicar la realidad y solo confirman una burbuja creada para decir lo que el político quiere oír.

Por fin viernes y toca reflexionar. ¿Es más fácil posicionar a un desconocido y sin negativos o lavarle la cara (y la opinión pública) a un perfil experimentado?

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